LA BENDICIÓN PATERNAL
LA BENDICIÓN PATERNAL
«Judá, mi hijo, es un león joven que ha terminado de comerse a su presa. Se agazapa como un león y se tiende; como a una leona, ¿quién se atreverá a despertarlo? El cetro no se apartará de Judá, ni la vara de mando de sus descendientes, hasta que venga aquel a quien le pertenece, aquel a quien todas las naciones honrarán» (Gn 49:9-10 NTV).
Este capítulo de Génesis relata cómo Jacob bendijo a sus hijos en su lecho de muerte. Sus bendiciones fueron proféticas, con un enfoque especial en la tribu de Judá. Judá es comparado con un león fuerte y valiente, lo que denota elevación y superioridad por su liderazgo y prominencia. Jacob predijo que de Judá surgiría un Rey de reyes que gobernaría el mundo para siempre, aludiendo claramente a la majestad real de Jesús de Nazaret. Todos los pueblos de la tierra le honrarán y le obedecerán. Desde Judá hasta el rey David transcurrieron unos ocho siglos y unas diez generaciones; y desde David hasta Jesús, pasaron aproximadamente dieciocho siglos y cuarenta y dos generaciones. La palabra del Señor inspirada en Jacob se cumplió perfectamente: Jesús fue el último de esta línea que se sentó a la diestra de Dios en las alturas y reinará por los siglos de los siglos.
La bendición paternal, en la cultura hebrea de los tiempos de Jacob, tenía una gran importancia y significado. Era una forma solemne de transmitir autoridad, prosperidad y propósito divino de un padre a sus hijos. Este acto estaba vinculado a la creencia de que las palabras pronunciadas por el padre poseían un poder especial y, al ser expresadas con intenciones positivas, podían influir en el destino y la vida futura del hijo. La bendición paternal incluía promesas como una descendencia numerosa, prosperidad material, autoridad y revelaciones sobre el plan divino para la vida del hijo. Estas bendiciones eran sagradas y se esperaba que tuvieran un impacto duradero en la vida de quien las recibía. No se trataba simplemente de buenos deseos, sino de declaraciones con poder espiritual, respaldadas por la voluntad de Dios.
Las palabras de Jacob dirigidas a sus hijos variaron según cada uno; para algunos fueron mucho más benignas que para otros. A su primogénito, Rubén, le dijo que ya no sería el primero debido a su impetuosidad y por haberse acostado con Bilha, la sierva de su esposa Lea. A Simeón y Leví les advirtió que serían dispersados por todo Israel debido a su carácter iracundo y violento. A Judá le dijo que todos sus parientes se inclinarían ante él. A Zabulón le anunció que sus descendientes se establecerían en la costa marítima y serían un puerto para los barcos. A Isacar le auguró una vida de arduo trabajo en la tierra, con cosechas abundantes. A Dan le dijo que gobernaría a su pueblo y que atacaría venenosamente a sus enemigos. A Gad le señaló que sus hombres serían guerreros recios y vengativos. A Aser le aseguró que su descendencia produciría alimentos dignos de la mesa real. A Neftalí le anunció que sería un pueblo libre. A José lo nombró príncipe entre sus hermanos y lo bendijo con abundancia incomparable. A Benjamín le dijo que sus hombres serían guerreros valientes e impetuosos, como lobos rapaces.
La bendición profética de Jacob sobre Judá se cumplió plenamente en Jesús de Nazaret, quien es digno, en grado superlativo, de nuestra atención y adoración. Jesús es la suma de todas las glorias de la deidad y de la humanidad. Por lo tanto, cada pensamiento que aflore en nuestras mentes, cada palabra que pronuncien nuestros labios y cada acción que ejecuten nuestras manos para honrar al Hijo, Él las merece. La bendición paternal de Jacob trasciende hasta nuestros días, pues actualmente podemos decir: «Si quieres saber cómo es Dios, mira a Jesús. Si quieres saber qué significa ser humano, mira a Jesús. Si quieres saber cómo es el amor, mira a Jesús. Si quieres saber qué es sufrir, mira a Jesús. Y sigue mirando hasta que dejes de ser un mero espectador y llegues a ser, en verdad, parte del drama en el cual Él es el personaje central» (N. T. Wright).
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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