CRUCIFICADO CON CRISTO
CRUCIFICADO CON CRISTO
«Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá 2:20 NTV).
En el momento de mi conversión, o de mi nuevo nacimiento, el Espíritu Santo me unió a la pasión de Cristo; es decir, me bautizó (sumergió) en su crucifixión (muerte), sepultura y resurrección. Por lo tanto, soy justificado (salvo) por la gracia de Dios al poner mi fe en la obra vicaria de Jesucristo, y no por guardar las obras de la ley.
Ahora bien, si ya he sido crucificado con Cristo, entonces estoy muerto al mundo y a la ley del pecado (mi carne). Ya no debo responder a los estímulos pecaminosos que batallan contra mi alma, pues debo considerarme muerto a todos ellos. Así como un muerto no tiene apetito, no reacciona ni habla, yo también debo considerarme muerto a las tentaciones de mi vida antigua. Ahora debo permitir que la vida de Cristo, la que recibí por la fe en su resurrección, aflore, se desarrolle y dé mucho fruto. ¿Cómo se logra tal cosa? Sometiéndome a su señorío y meditando diariamente en la Biblia, para que su Palabra inunde mi mente y transforme mi ser. De esta manera, la plenitud de la vida de Cristo se manifestará en mí.
Una vida llena del Espíritu Santo no es otra cosa que un creyente que piensa, habla y actúa como Cristo. Un cristiano es precisamente eso: un pequeño Cristo. La santificación es la obra que el Espíritu Santo realiza diariamente en mí, replicando las virtudes del carácter de Jesucristo en mi vida, para que quienes me rodean puedan ver a Cristo mismo en mí.
Esa unión espiritual con Cristo comienza con un paso de fe: creer en Jesús como mi Salvador personal. No consiste en asistir a la iglesia, tener una Biblia en casa o dar mis ofrendas. Hacer estas cosas es bueno y puede traer ciertos beneficios, pero puedo hacerlas todas y mucho más, y aun así estar muerto en mis delitos y pecados. Por eso, te animo una vez más a que creas en Jesús y lo confieses como tu Salvador. Solo así serás salvo, recibirás el don del Espíritu Santo y el regalo de la vida eterna.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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