PROPIEDAD PRIVADA
PROPIEDAD PRIVADA
«¡Huyan del pecado sexual! Ningún otro pecado afecta tanto el cuerpo como este, porque la inmoralidad sexual es un pecado contra el propio cuerpo. ¿No se dan cuenta de que su cuerpo es el templo del Espíritu Santo, quien vive en ustedes y les fue dado por Dios? Ustedes no se pertenecen a sí mismos, porque Dios los compró a un alto precio. Por lo tanto, honren a Dios con su cuerpo» (1 Co 6:18-20 NTV).
La eternidad será corta para comprender plenamente lo que Dios hizo en nosotros en aquel nanosegundo cuando creímos en Jesús como nuestro Salvador, lo que comúnmente llamamos en la jerga evangélica «el día de nuestra conversión». En primer lugar, desde ese instante, mi cuerpo fue honrado al ser hecho miembro del cuerpo espiritual y universal de Cristo, que es la Iglesia. Por eso, debemos huir del pecado sexual, ya que afecta profunda y sustancialmente el cuerpo, pues, al unirse con una prostituta, se convierte en una sola carne con ella. Entonces, ¿cómo puede un miembro dignísimo del cuerpo de Cristo rebajarse tanto al unirse con el cuerpo de una ramera?
En segundo lugar, al momento de creer, el Padre me dio su Santo Espíritu y, de repente, mi cuerpo fue constituido como templo de Dios. ¡Wow! Una verdad maravillosa que no deja de asombrarme y que no termino de comprender del todo. ¿Cómo es posible que el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, venga a morar literalmente en mí y haga de mi cuerpo su santuario y su trono? Por esa razón, es impropio que un creyente se una carnalmente a un impío, pues estaría profanando el templo de Dios (mi cuerpo) al unirlo al templo de algún ídolo inmundo (el cuerpo de una prostituta). ¡Qué asco! Solo de pensarlo resulta repulsivo.
Finalmente, en mi nuevo nacimiento, Dios compró mi cuerpo a precio de sangre: la sangre que Jesús derramó en la cruz del Calvario. Por lo tanto, Dios es mi dueño por partida doble: porque me creó y porque me redimió. Así que soy propiedad privada, soy propiedad divina. No me pertenezco, y no debo cometer el delito de apropiación indebida de mi cuerpo uniéndolo en fornicación con el cuerpo de una prostituta.
Antes de concluir esta reflexión, quiero recordarte un par de cosas que seguramente he mencionado en escritos anteriores:
1. El pecado sexual es veneno para la verdadera felicidad.
2. El pecado sexual es una esclavitud literal.
3. El pecado sexual ofrece cinco minutos de placer corporal y décadas de un testimonio inmoral.
4. El pecado sexual ofende directamente la ley de Dios.
5. Nadie que practique el pecado sexual puede vivir el cristianismo ideal.
Pero aún queda Cristo, quien puede y quiere salvarte. ¡Ven a Él y serás libre!
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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