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LA VIDA HUMANA DE DIOS

LA VIDA HUMANA DE DIOS

«Hace mucho tiempo, Dios habló muchas veces y de diversas maneras a nuestros antepasados por medio de los profetas. Y ahora, en estos últimos días, nos ha hablado por medio de su Hijo. Dios le prometió todo al Hijo como herencia y, mediante el Hijo, creó el universo. El Hijo irradia la gloria de Dios y expresa el carácter mismo de Dios, y sostiene todo con el gran poder de su palabra. Después de habernos limpiado de nuestros pecados, se sentó en el lugar de honor, a la derecha del majestuoso Dios en el cielo» (Hebreos 1:1-3 NTV).

Juan Calvino afirmó con acierto que el universo entero es el «teatro de la gloria de Dios». Esta expresión resume una verdad fundamental: Dios es real, personal y activo. La razón por la cual todos los seres humanos, desde el inicio de la historia, pueden conocerlo y relacionarse con Él es que Dios no ha permanecido oculto ni indiferente, sino que se ha revelado voluntariamente. Lo ha hecho a través de la creación, que proclama su sabiduría y poder; de la conciencia, que testifica su ley moral inscrita en el corazón humano; de la historia, donde dirige soberanamente los acontecimientos; de su pueblo escogido; de los profetas; y también mediante visiones y sueños.

Por esta razón, la gloria de Dios, su poder eterno, su dignidad como único ser digno de adoración y sus santas exigencias morales constituyen la base de la acusación que el apóstol Pablo dirige a toda la humanidad. En su diagnóstico espiritual, Pablo declara al ser humano culpable y pecador delante de Dios, no por ignorancia involuntaria, sino por rechazar deliberadamente amar, honrar, admirar y servir a Dios como corresponde, a pesar de la abundante evidencia de su revelación (cf. Romanos 1).

Sin embargo, Jesucristo es la revelación suprema y definitiva de Dios. Fuera de Cristo, solo podemos alcanzar un conocimiento fragmentario y limitado del Creador, pues Jesús es la expresión perfecta y completa de quién es Dios y cómo Dios se concibe a sí mismo. Como bien afirmó E. Stanley Jones: «Jesús es Dios irrumpiendo en nuestra vida». En Cristo, Dios nos habla en un lenguaje humano, con un carácter humano y a través de una vida plenamente humana. Jesús es Dios caminando entre nosotros, compartiendo nuestra condición, revelando el corazón del Padre y mostrando con hechos y palabras cómo es Dios en esencia. Jesús no solo revela a Dios; Él es Dios revelado.

A. W. Tozer lo expresó con profunda sensibilidad espiritual cuando escribió: «Una amante personalidad domina toda la Biblia, caminando entre los árboles del huerto y esparciendo su fragancia en cada escenario. Siempre está presente como una persona viva, hablando, rogando, amando, trabajando y manifestándose personalmente cuando y donde su pueblo tiene la receptividad necesaria para recibir esa manifestación». En consecuencia, si alguien no conoce a Dios, no es porque Dios haya guardado silencio, sino porque el corazón humano se ha negado a abrirse a la magnífica y gloriosa revelación de Dios en Jesucristo.

Concluyo esta reflexión citando las sublimes palabras del reconocido escritor cristiano Brian Zahnd: «Nadie ha visto a Dios hasta que ve a Jesús. Jesús es la Palabra viva de Dios, el Logos de Dios, la Lógica de Dios en carne humana. Les corresponde a los cristianos creer en la perfecta, infalible e inerrante Palabra de Dios —y su nombre es Jesús—. Jesús es el ícono del Dios invisible». En Cristo, Dios se deja ver, conocer y amar; quien contempla al Hijo, contempla al Padre.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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