EL REY HUMILDE
👑 EL REY HUMILDE ✝️
«Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús. Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre, se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales. Por lo tanto, Dios lo elevó al lugar de máximo honor y le dio el nombre que está por encima de todos los demás nombres para que, ante el nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua declare que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:5-11 NTV).
El nacimiento, la vida cotidiana y la muerte de Jesús conforman un admirable cuadro de modestia y entrega absoluta. La actitud de Jesús de Nazaret es, sin lugar a duda, el mayor ejemplo de humildad registrado en la historia humana. Él mismo enseñó: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mateo 23:12). Y lo vivió en carne propia. El Hijo eterno de Dios descendió voluntariamente, se hizo siervo y obedeció hasta la muerte, y muerte de cruz. Por esta razón, Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el honor supremo: ser recibido en el cielo y sentado a Su diestra como Rey de reyes y Señor de señores.
Cuando Jesús se «despojó» (gr. _kenosis_, «vaciarse»), no dejó de ser Dios, pero abandonó el resplandor visible de Su gloria, renunció al uso independiente de Sus prerrogativas divinas y decidió asumir plenamente la condición humana. Él jamás empleó Su poder para evitar el cansancio, reducir el sufrimiento o facilitar Su camino. Aceptó con entereza la fragilidad característica de nuestra naturaleza caída: experimentó sed, hambre, sueño, agotamiento, dolor físico, tristeza emocional, rechazo social y las limitaciones inevitables del cuerpo. Sin embargo, lo hizo sin pecar jamás, ni en pensamiento, ni en palabra, ni en acción. En Él vemos la humanidad tal como Dios la diseñó originalmente: pura, obediente, íntegra y en completa dependencia del Padre.
La encarnación fue un acto supremo de amor, humildad y misericordia. Jesús no vino simplemente a darnos un buen ejemplo moral, sino a revelarnos el corazón del Padre y a salvarnos de nuestros pecados. J. I. Packer lo expresó magistralmente: «Mientras más lo meditas, más asombroso se vuelve. Nada en la ficción es tan fantástico como la verdad de la encarnación». Tampoco se trató de una visita pasajera o simbólica; como escribió John Stott, «el Eterno entró en el tiempo, el Todopoderoso se hizo vulnerable y el Inmortal murió». ¡Qué misterio tan profundo! ¡Qué gracia tan impresionante! La Navidad es, por lo tanto, mucho más que luces, cantos y reuniones familiares; es la celebración del amor indescriptible de Dios que se hizo niño, que habitó entre nosotros y que nos abrió las puertas de la vida eterna. En Cristo hemos sido enriquecidos con toda bendición espiritual, adoptados como hijos, perdonados por Su sangre y llamados a vivir como ciudadanos del Reino. ¡Aleluya por tan glorioso regalo!
Queridos lectores, el reto para nosotros es inmenso y profundamente espiritual: imitar la actitud de Cristo. Implica vivir contentos, agradecidos y dispuestos a servir; dejar que el Espíritu Santo forje en nosotros un carácter manso y humilde; renunciar al orgullo, al deseo de reconocimiento y al afán por imponer nuestra voluntad; y, sobre todo, procurar que cada pensamiento, cada palabra y cada acción glorifiquen y honren a Dios. Que la humildad de Jesús inspire nuestra vida diaria y que Su ejemplo sea nuestro camino seguro hacia una verdadera grandeza espiritual.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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