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REEDIFICA TU VIDA

REEDIFICA TU VIDA

«Se ofrecieron muchos sacrificios durante aquel día de gozo porque Dios había dado al pueblo razón de alegrarse. También las mujeres y los niños participaron en la celebración, y la alegría del pueblo de Jerusalén podía oírse a gran distancia» (Neh 12:43 NTV).

En la antigüedad, la fortaleza de una ciudad dependía, en gran medida, de la solidez de sus murallas. Estas estructuras no solo servían como defensa contra los ataques enemigos, sino que también definían los límites urbanos y organizaban el espacio interno de la ciudad. Simbólicamente, las murallas representaban la frontera entre el caos exterior —el «espacio salvaje»— y el orden de la civilización.

En este contexto, la muralla derribada de Jerusalén no era solo una pérdida arquitectónica o militar: era una imagen poderosa del estado espiritual del pueblo de Israel. Los escombros y las puertas quemadas eran un testimonio visual del abandono de los caminos del Señor y de la desobediencia a sus mandamientos. La ciudad santa, otrora símbolo de la presencia y el reinado de Yahweh, y hogar de su trono sagrado, yacía vulnerable y desprestigiada.

Este cuadro tiene un paralelismo profundo con la vida del creyente. ¿De qué sirve un hacha sin filo, una sal que ha perdido su sabor o un cristiano que vive en pecado? El hacha sin filo solo desgasta al leñador sin lograr su propósito. La sal adulterada, que ha perdido su esencia, es desechada y pisoteada. De igual modo, un creyente que ha caído en el pecado y ha deteriorado su testimonio ya no edifica, sino que se convierte en tropiezo para quienes aún no conocen a Dios.

Jerusalén sin murallas es como un corazón cristiano expuesto, sin defensa contra las influencias destructivas del mundo. Cuando un creyente abandona los propósitos de Dios para su vida y se entrega a sus propios deseos, comienza a desperdiciar sus dones y talentos en cosas pasajeras y sin valor eterno. En lugar de reflejar la luz de Cristo, transmite confusión, dando un pobre testimonio del poder transformador y la misericordia de Dios.

Uno de los espectáculos más tristes en la vida cristiana es ver a alguien que ha sido llamado a brillar, vivir apagado, sin dirección ni propósito. Sin embargo, no todo está perdido. Si tu testimonio ha sido destruido y sientes que vives entre los escombros, hoy es el momento de regresar. Arrepiéntete sinceramente de tus pecados, vuelve al abrazo amoroso del Padre y pídele su ayuda para reconstruir tu vida desde los cimientos. Así como las murallas de Jerusalén fueron reedificadas, también tu vida puede ser restaurada, para gloria de Dios y bendición de los que te rodean.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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