EL PROPÓSITO ETERNO DE NUESTRA GENEALOGÍA
EL PROPÓSITO ETERNO DE NUESTRA GENEALOGÍA
«Adán, Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec, Noé, Sem, Cam y Jafet» (1 Cr 1:1-4).
Quisiera comenzar esta reflexión planteándote algunas preguntas: ¿Hasta qué generación de tu árbol genealógico conoces en orden ascendente? ¿Sabes quiénes fueron tus abuelos, bisabuelos o tatarabuelos? ¿Te parece útil conocer estos detalles del «libro familiar»? Y, además, ¿cuál crees que fue el propósito del Espíritu Santo al dejar registradas tantas genealogías en los primeros capítulos del Primer Libro de Crónicas?
Detenernos a pensar en estas preguntas es más significativo de lo que parece. Hoy vivimos en una época en la que, paradójicamente, muchos saben más sobre las celebridades o personajes históricos que sobre sus propios antepasados. Sin embargo, la Biblia nos muestra que conocer nuestras raíces no es solo un asunto de curiosidad, sino de identidad, propósito y conexión con la historia de la salvación.
Para comenzar, es fundamental afirmar que todos los seres humanos que habitamos este planeta descendemos de uno de los tres hijos de Noé (Sem, Cam y Jafet), y, más atrás aún, de Adán y Eva, los primeros seres humanos creados por Dios. La Biblia enseña que Dios conoce exactamente el número de personas que han existido y existirán a lo largo de la historia, y que ningún ser humano es un «error en la cuenta». Cada vida cuenta y cada nombre importa. Todos somos criaturas de Dios: hechos a su imagen y semejanza, únicos, amados, bendecidos, dotados de talentos extraordinarios, con un plan maravilloso para cumplir en este mundo, y con una existencia que trasciende el tiempo, porque fuimos creados para la eternidad.
Además, al observar las genealogías bíblicas, descubrimos que no son meros listados de nombres. Cada nombre representa una historia, una familia, una herencia espiritual, un eslabón en la cadena del propósito redentor de Dios. Desde Adán hasta Cristo se traza una línea genealógica que Dios preservó de manera cuidadosa y soberana. Esta línea representa el linaje humano de Jesús de Nazaret, el Mesías Salvador, cumpliendo las promesas hechas a Abraham y a David. Cuando llegó el momento adecuado, Dios envió a su Hijo al mundo, nacido en el seno del matrimonio de José y María, ambos descendientes directos del rey David, para que las Escrituras se cumplieran al pie de la letra.
Pero lo más asombroso es que, por la gracia de Dios, mediante la fe en Jesucristo y nuestra obediencia al evangelio de redención, hemos sido injertados en esta gran familia espiritual. Ahora somos parte de la familia de Dios y herederos de sus promesas: «El Señor conoce a los que son suyos» (2 Ti 2:19). Esto significa que nuestras historias, aunque a veces nos parezcan pequeñas o irrelevantes, están inscritas en el corazón de Dios y forman parte de su gran narrativa redentora.
Finalmente, es sobrecogedor saber que fuimos conocidos y amados por Dios antes de que el mundo existiera. No estamos aquí por accidente ni por azar. Cada uno de nosotros lleva en su ser la huella de un propósito eterno. Dios nos dio vida física, pero también vida espiritual, para que lo conociéramos, lo amáramos y viviéramos en comunión con Él. En la inmensidad del universo, hay un Dios que nos ama profundamente y nos conoce completamente. Nos invita a disfrutar de la alegría y la belleza del cielo, a ser parte de su familia y a participar de su gozo eterno. Somos llamados a vivir con la certeza de que nuestra historia personal tiene valor eterno, porque estamos escritos en el libro de la vida, abrazados por su amor y destinados a danzar con Él por la eternidad.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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