Youtube

ADORACIÓN AUTÉNTICA Y PROMESAS ETERNAS

ADORACIÓN AUTÉNTICA Y PROMESAS ETERNAS

«¡Que tu promesa se realice fielmente y que tu nombre sea siempre engrandecido, y se diga que el Señor todopoderoso es el Dios de Israel, que él es realmente Dios para Israel! ¡Que la dinastía de tu siervo David se mantenga firme con tu protección!» (1 Cr 17:24 DHH).

Jeff Turner expresó con profunda verdad: «No oramos para entrar en la presencia de Dios, sino para reconocer su presencia». La oración no es un intento por alcanzar a Dios, sino una respuesta amorosa al hecho de que Él ya está con nosotros. Esta actitud de reverencia y gratitud estuvo claramente reflejada en el corazón del rey David.

Después de un largo y significativo trayecto, el Arca de Dios fue colocada en el centro de la tienda especial que David había preparado con esmero. En respuesta, el rey ofreció holocaustos, presentó ofrendas de paz, bendijo al pueblo en el nombre del Señor y compartió generosamente con cada israelita una hogaza de pan, un pastel de dátiles y otro de uvas pasas. Su liderazgo combinó reverencia, generosidad y gozo, encendiendo en todo el pueblo una profunda alegría espiritual.

David también organizó a los levitas para formar una gran orquesta sinfónica, dirigida por Asaf, con címbalos, arpas, liras y trompetas. Su propósito era claro: conducir al pueblo a una adoración vibrante y sincera, donde la música y el canto se convirtieran en instrumentos de exaltación divina.

En ese día memorable, David entonó un significativo cántico al Señor. En él, invita a todo Israel a exaltar las maravillas del Señor, porque Yahweh es grande, poderoso y digno de ser enaltecido. Luego, los anima a deleitarse en su bondad y misericordia, reconociendo que Dios ha derramado abundantemente sus bendiciones sobre quienes le aman. Finalmente, los exhorta a proclamar su grandeza entre las naciones, pues su gracia y salvación están disponibles para todos los pueblos de la tierra. Esta triple invitación —exaltar, deleitarse y proclamar— sigue siendo vigente para nosotros hoy.

A pesar de vivir en un majestuoso palacio de cedro, David se sintió conmovido al ver que el Arca del Pacto del Señor permanecía bajo una simple carpa. Esta sensibilidad espiritual conmovió a Dios, quien a través del profeta Natán, le dio promesas extraordinarias: aunque no sería él quien edificaría el templo, su nombre sería honrado entre los grandes de la historia. Se le prometió una patria estable, libre de opresión extranjera, y un linaje real perpetuo. Uno de sus hijos, Salomón, construiría la casa del Señor, y el trono de David sería firme para siempre.

F. W. Boreham lo resumió bien: «No necesitas un ejército de dioses si tienes al Señor de los Ejércitos». David conocía al Dios verdadero, al Señor de los Ejércitos, y lo amaba con todo su ser. Lo adoraba con pasión, lo obedecía con fe, y lo servía con entrega. Su fidelidad fue recompensada con un pacto eterno.

Un día glorioso, Jesús de Nazaret, el ilustre Hijo de David, se sentará en el trono de David en Jerusalén y gobernará al mundo con justicia, paz y equidad. En Él se cumplen todas las promesas divinas. Su Reino no tendrá fin, y todos los que le esperan con fe compartirán su gloria. ¡Aleluya!

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.