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MUCHACHITA

 

MUCHACHITA

«Esta muchachita dijo a su ama: —Si mi amo fuera a ver al profeta que está en Samaria, quedaría curado de su lepra» (2 R 5:3 DHH).

Mientras el profeta Eliseo desarrollaba un poderoso ministerio en Israel, en la vecina Siria vivía Naamán, un valiente y renombrado general del ejército arameo que padecía una enfermedad temida y devastadora: la lepra. A pesar de su condición, gozaba del aprecio y la alta estima del rey de Siria, pues el Señor había concedido a su nación importantes victorias por medio de él.

En el hogar de Naamán servía una jovencita israelita que había sido capturada por bandas de saqueadores que asolaban Israel. Aunque esclava en tierra extranjera, esta muchacha no perdió su fe ni su compasión. Un día, le dijo a su señora: «¡Si tan solo mi señor fuera a ver al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su enfermedad!».

Cuando Naamán compartió esta esperanza con el rey, este le entregó una carta de recomendación para que se presentara ante el rey de Israel. Al recibirlo, el rey Joram, desconcertado y temeroso, lo envió a Eliseo. El profeta, en lugar de recibirlo personalmente, le mandó decir que se sumergiera siete veces en el río Jordán para ser sanado.

Naamán se ofendió profundamente. Esperaba una ceremonia impresionante, una intervención sobrenatural visible. Consideraba que los ríos de Damasco, como el Abana y el Farfar, eran superiores a cualquier río israelita. Sin embargo, sus siervos lo convencieron de obedecer la simple instrucción del profeta. Cuando finalmente descendió al Jordán y se sumergió siete veces, su piel quedó limpia como la de un niño.

Ese día, Naamán aprendió una lección trascendental: no es el agua la que sana, sino la fe en el Dios viviente y la obediencia a su Palabra. Su cuerpo fue restaurado, pero más importante aún, su corazón fue transformado.

Esta historia nos revela dos verdades poderosas acerca del carácter de Dios:

1. Dios obra soberanamente en todo. Nada escapa a su plan perfecto. Aun el doloroso cautiverio de una niña fue parte de su propósito para llevar luz al corazón de un hombre influyente y, a través de él, a toda una nación. Lo que para otros podría parecer una tragedia, Dios lo convierte en instrumento de redención.

2. Dios no hace acepción de personas. Él ama por igual al israelita y al sirio, al cercano y al extranjero, al poderoso y al humilde. El evangelio no tiene fronteras. Es para todos. Las buenas noticias de que Dios reina, salva y sana deben ser anunciadas sin distinción ni demora.

La noticia prominente para ti hoy es esta: ¡Dios te ama con pasión y tiene planes grandiosos para tu vida! Él no quiere que desperdicies ni un solo día, ni dejes inactivos tus dones y talentos. En lugar de quejarte por las circunstancias difíciles que enfrentas, míralas como oportunidades divinas para compartir el evangelio con los «Naamán» que te rodean: personas heridas, rotas, enfermas espiritual o emocionalmente, que necesitan escuchar que Jesús los ama y quiere restaurarlos.

¿Comenzarás hoy a ser un canal de sanidad y esperanza para ellos? ¿Te atreverás a hablar, como aquella muchacha, con fe y valentía? Tu obediencia puede ser el comienzo de un milagro.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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