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SE HUMILLÓ A SÍ MISMO

SE HUMILLÓ A SÍ MISMO

«Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús. Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre, se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales. Por lo tanto, Dios lo elevó al lugar de máximo honor y le dio el nombre que está por encima de todos los demás nombres para que, ante el nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua declare que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre» (Fil 2:5-11 NTV).

El nacimiento, la vida cotidiana y la muerte de Jesús conforman un admirable cuadro de modestia. La actitud de Jesús de Nazaret es el mayor ejemplo de humildad registrado en la historia. Jesús dijo: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mt 23:12). En este sentido, Jesús se humilló a sí mismo hasta lo sumo, permitiendo ser ejecutado en la cruz; por lo tanto, Dios lo exaltó también hasta lo sumo, recibiéndolo en el cielo y sentándolo a Su diestra.

Cuando Jesús se «despojó» (gr. kenosis, que puede traducirse como «vaciarse»), renunció a su ropaje espléndido y a sus derechos divinos. Él jamás utilizó sus poderes para aliviar las molestias o incomodidades de su condición humana. Aceptó con entereza la fragilidad y los achaques propios de las criaturas afectadas por la caída (sed, hambre, cansancio, temor, vergüenza, envejecimiento, etc.), pero sin pecar jamás, ni en pensamiento, ni en palabra, ni en acción.

La encarnación fue un acto supremo de amor y humildad por parte de Jesús, para enseñar a la humanidad las virtudes que agradan a Dios y para salvarnos de nuestros pecados. J. I. Packer afirmó: «Mientras más lo meditas, más asombroso se vuelve. Nada en la ficción es tan fantástico como la verdad de la encarnación». No fue una simple visita turística; en realidad, «el Eterno entró en el tiempo, el Todopoderoso se hizo vulnerable y el Inmortal murió» (John Stott). Por eso, celebramos la Navidad con profunda gratitud y gran regocijo, porque hemos recibido el regalo de la vida eterna. Dios nos ha bendecido abundantemente en Cristo, y el Padre celestial nos llama tiernamente sus hijos. ¡Aleluya!

Queridos lectores, el reto para nosotros es inmenso: imitar la actitud de Cristo, vivir contentos y agradecidos, permitir que el Espíritu forje en nosotros un carácter manso y humilde, no aferrarnos a nuestros logros ni privilegios, y, sobre todo, procurar que todo nuestro pensar, hablar y actuar glorifique y honre a Dios.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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