Las crónicas de un fracaso anunciado
Después de la desobediencia de Adán y Eva en el Edén y la traición de Judas Iscariote, el fracaso de Pedro negando a Jesús es otro de los pecados bochornosos que relata la Biblia. Pedro fue elegido personalmente por Jesús para ser uno de sus doce apóstoles. Como buen sanguíneo/colérico que era, Pedro fue el autor de magníficas declaraciones acerca del Mesías y el promotor de grandes iniciativas entre los discípulos. Llegó a ocupar un lugar prominente entre ellos, privilegio que le permitió escuchar de cerca todos los sermones de Jesucristo.
Conoció de primera mano el carácter santo de su maestro y fue testigo en primera fila de la autoridad y el poder, con el cual Cristo realizó múltiples milagros, en especial uno, la resucitación de Lázaro, después de cuatro días de muerto. Pedro pudo constatar como ningún otro, la encarnación de las profecías del Antiguo Testamento en Jesucristo, el Mesías. Sin embargo, bajo maldición y poniendo de testigo a Dios, negó haberlo conocido y/o haber tenido relación con Él.
La negación de Jesús por Pedro no fue un fracaso espontáneo, más bien fue el resultado final de un proceso decadente en su vida espiritual. La gran mayoría de los pecados humanos tienen un origen común: El orgullo. Éste pecado troncal tiene muchas ramificaciones, como ser: arrogancia, autosuficiencia, prepotencia y vanidad. En el fracaso de Pedro, todas estas ramificaciones se conjugaron muy bien. El orgullo indujo a Pedro a descuidar los hábitos piadosos y a desarrollar actitudes pecaminosas que lo empujaron al "tobogán del fracaso". Un pequeño descuido puede ser suficiente para introducirnos en un remolino imparable, que sólo se detendrá cuando estemos completamente derrotados. Sigamos paso a paso las crónicas del fracaso de Pedro:
Marcos 8:31-34 – Cuando Pedro escucha decir a Jesús que debe morir y resucitar, se opone tenazmente. De esta manera Pedro manifestó una actitud triunfalista y mundana, que leudó su buen corazón y, posiblemente, lo llevó a pensar: – ¿Cómo puedes pensar en morir tan joven sin haber disfrutado de todo lo que la vida ofrece? Pedro empezaba a olvidar que la médula del ministerio cristiano no es la comodidad ni la perpetuidad en esta tierra, sino es el servicio sacrificial movido por el amor. Jesús fue claro en decir que nació para morir en sustitución por la humanidad. Si Jesús hubiera escuchado el consejo de Pedro, nosotros permaneceríamos en tinieblas todavía.
Marcos 11:21 – Pedro se maravilló de que la higuera maldita por Jesús se había secado. Luego escuchó a Jesús enseñar sobre el poder de la fe sin dejar de confiar en Dios. Quizá Pedro pensó que así como Jesús marchitó un árbol con sus palabras, fascinado pensó que poseía el poder de decirle a cualquier árbol que se secara y que se secaría. El nuevo nacimiento no nos hace vencedores automáticamente ni nos exonera de la responsabilidad que tenemos de desarrollar nuestra fe. En una ocasión, John Maxwell, dijo: “El éxito en la vida consiste en tener una visión, pero una visión que es administrada diariamente”. Parafraseando un poco a Maxwell, muchos cristianos que tienen una visión de la vida eterna, viven y terminan sus días miserablemente fracasados y tristes, porque no administran sabiamente su relación íntima con su Padre Celestial.
Mateo 26:31-35 – Aquí encontramos a Pedro prometiendo a Jesús y a sus colegas apóstoles, no negar ni escandalizarse de su fe cristiana. Él cree gozar de un “favor” especial con Jesucristo el cual no le permitirá claudicar jamás. En la experiencia de Pedro podemos aprender que somos muy vulnerables al fracaso, cuando queremos vivir la vida cristiana confiando en nuestras propias fuerzas. “Todos” los hijos de Dios somos preciosos a sus ojos, pero “todos” debemos cuidarnos de no caer.
Lucas 22:31-34 – Satanás pidió a Jesús zarandear a sus discípulos y Pedro subestimó el poder, la maldad y los métodos del diablo. Pedro creyó que la victoria espiritual dependía de sí mismo, error muy común en los perfiles temperamentales que tienen la tendencia hacia la autosuficiencia. Pedro, repetía la frase: “Iré a la cárcel, aun a la muerte”, como si la victoria espiritual dependiera de pronunciar palabras o frases mágicas. En la actualidad, también la gente pone su Biblia bajo la almohada, como una especie de amuleto. La vida cristiana abundante no depende de amuletos mágicos, sino de mantener una comunión viva, fresca, diaria e íntima con Jesucristo. Y esa comunión se traduce en dependencia en Él, permitiendo que Su Espíritu nos llene y nos fortalezca.
Mateo 26:40-41 – Pedro estaba descuidando la oración subestimando la seriedad y la gravedad de las tentaciones. Las tentaciones son superiores a nuestras fuerzas, sin la fortaleza de Dios que se obtiene por medio de la oración, caeríamos en el pecado una y otra vez.
Juan 18:10-11 – En el huerto de Getsemaní, el impetuoso Pedro hiere con su espada a Malco arrancándole la oreja. Ésta es la respuesta típica de un creyente que empieza a depender peligrosamente de sus armas terrenales. Las batallas espirituales se libran con armas espirituales, las cuales son “…poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Corintios 10:3-4). Un creyente carnal que ha dejado de lado la visión y los valores del cristianismo, ¡es muy peligroso!
Mateo 26:58 – Cuando Jesús fue capturado en Getsemaní, por la turba que venía de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo, el evangelio dice que Pedro “…le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote”. Acto seguido, vemos a Pedro en el patio del sumo sacerdote, al filo del precipicio, al final del tobogán. Muchos creyentes adoptan como estilo de vida el “seguir de lejos” a Jesús. Es decir, viven un cristianismo “ligth”, bajo en compromiso. A decir verdad, creo que muy pocos fracasos en la vida son espontáneos, la mayoría son anunciados desde mucho tiempo atrás. Dios a través de nuestra conciencia, de su Palabra y de las circunstancias, nos pone semáforos con luces amarillas para que tengamos cuidado y nos detengamos. Pero cuando ya vamos descendiendo en el “tobogán del fracaso”, sólo la humillación por parte nuestra y la intervención poderosa por parte de Dios, nos pueden librar de un fracaso inminente.
Allí en el patio del sumo sacerdote, entremezclado con la gente, Pedro negó vil y cobardemente a su Maestro. Él, en varias ocasiones demostró que amaba a Jesús, pero en ese instante estaba en pésima condición espiritual para resistir las amenazas por parte de la guardia del templo. Después de haberle negado a Jesús, dice la Biblia: “lloró amargamente” (Mateo 26:75). Esta historia nos advierte que todo el conocimiento que tengamos de Jesús y todo el amor que sintamos por Él, no nos darán la victoria por default. Se requiere algo más: ¡Intimidad con Jesús!
Conoció de primera mano el carácter santo de su maestro y fue testigo en primera fila de la autoridad y el poder, con el cual Cristo realizó múltiples milagros, en especial uno, la resucitación de Lázaro, después de cuatro días de muerto. Pedro pudo constatar como ningún otro, la encarnación de las profecías del Antiguo Testamento en Jesucristo, el Mesías. Sin embargo, bajo maldición y poniendo de testigo a Dios, negó haberlo conocido y/o haber tenido relación con Él.
La negación de Jesús por Pedro no fue un fracaso espontáneo, más bien fue el resultado final de un proceso decadente en su vida espiritual. La gran mayoría de los pecados humanos tienen un origen común: El orgullo. Éste pecado troncal tiene muchas ramificaciones, como ser: arrogancia, autosuficiencia, prepotencia y vanidad. En el fracaso de Pedro, todas estas ramificaciones se conjugaron muy bien. El orgullo indujo a Pedro a descuidar los hábitos piadosos y a desarrollar actitudes pecaminosas que lo empujaron al "tobogán del fracaso". Un pequeño descuido puede ser suficiente para introducirnos en un remolino imparable, que sólo se detendrá cuando estemos completamente derrotados. Sigamos paso a paso las crónicas del fracaso de Pedro:
Marcos 8:31-34 – Cuando Pedro escucha decir a Jesús que debe morir y resucitar, se opone tenazmente. De esta manera Pedro manifestó una actitud triunfalista y mundana, que leudó su buen corazón y, posiblemente, lo llevó a pensar: – ¿Cómo puedes pensar en morir tan joven sin haber disfrutado de todo lo que la vida ofrece? Pedro empezaba a olvidar que la médula del ministerio cristiano no es la comodidad ni la perpetuidad en esta tierra, sino es el servicio sacrificial movido por el amor. Jesús fue claro en decir que nació para morir en sustitución por la humanidad. Si Jesús hubiera escuchado el consejo de Pedro, nosotros permaneceríamos en tinieblas todavía.
Marcos 11:21 – Pedro se maravilló de que la higuera maldita por Jesús se había secado. Luego escuchó a Jesús enseñar sobre el poder de la fe sin dejar de confiar en Dios. Quizá Pedro pensó que así como Jesús marchitó un árbol con sus palabras, fascinado pensó que poseía el poder de decirle a cualquier árbol que se secara y que se secaría. El nuevo nacimiento no nos hace vencedores automáticamente ni nos exonera de la responsabilidad que tenemos de desarrollar nuestra fe. En una ocasión, John Maxwell, dijo: “El éxito en la vida consiste en tener una visión, pero una visión que es administrada diariamente”. Parafraseando un poco a Maxwell, muchos cristianos que tienen una visión de la vida eterna, viven y terminan sus días miserablemente fracasados y tristes, porque no administran sabiamente su relación íntima con su Padre Celestial.
Mateo 26:31-35 – Aquí encontramos a Pedro prometiendo a Jesús y a sus colegas apóstoles, no negar ni escandalizarse de su fe cristiana. Él cree gozar de un “favor” especial con Jesucristo el cual no le permitirá claudicar jamás. En la experiencia de Pedro podemos aprender que somos muy vulnerables al fracaso, cuando queremos vivir la vida cristiana confiando en nuestras propias fuerzas. “Todos” los hijos de Dios somos preciosos a sus ojos, pero “todos” debemos cuidarnos de no caer.
Lucas 22:31-34 – Satanás pidió a Jesús zarandear a sus discípulos y Pedro subestimó el poder, la maldad y los métodos del diablo. Pedro creyó que la victoria espiritual dependía de sí mismo, error muy común en los perfiles temperamentales que tienen la tendencia hacia la autosuficiencia. Pedro, repetía la frase: “Iré a la cárcel, aun a la muerte”, como si la victoria espiritual dependiera de pronunciar palabras o frases mágicas. En la actualidad, también la gente pone su Biblia bajo la almohada, como una especie de amuleto. La vida cristiana abundante no depende de amuletos mágicos, sino de mantener una comunión viva, fresca, diaria e íntima con Jesucristo. Y esa comunión se traduce en dependencia en Él, permitiendo que Su Espíritu nos llene y nos fortalezca.
Mateo 26:40-41 – Pedro estaba descuidando la oración subestimando la seriedad y la gravedad de las tentaciones. Las tentaciones son superiores a nuestras fuerzas, sin la fortaleza de Dios que se obtiene por medio de la oración, caeríamos en el pecado una y otra vez.
Juan 18:10-11 – En el huerto de Getsemaní, el impetuoso Pedro hiere con su espada a Malco arrancándole la oreja. Ésta es la respuesta típica de un creyente que empieza a depender peligrosamente de sus armas terrenales. Las batallas espirituales se libran con armas espirituales, las cuales son “…poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Corintios 10:3-4). Un creyente carnal que ha dejado de lado la visión y los valores del cristianismo, ¡es muy peligroso!
Mateo 26:58 – Cuando Jesús fue capturado en Getsemaní, por la turba que venía de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo, el evangelio dice que Pedro “…le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote”. Acto seguido, vemos a Pedro en el patio del sumo sacerdote, al filo del precipicio, al final del tobogán. Muchos creyentes adoptan como estilo de vida el “seguir de lejos” a Jesús. Es decir, viven un cristianismo “ligth”, bajo en compromiso. A decir verdad, creo que muy pocos fracasos en la vida son espontáneos, la mayoría son anunciados desde mucho tiempo atrás. Dios a través de nuestra conciencia, de su Palabra y de las circunstancias, nos pone semáforos con luces amarillas para que tengamos cuidado y nos detengamos. Pero cuando ya vamos descendiendo en el “tobogán del fracaso”, sólo la humillación por parte nuestra y la intervención poderosa por parte de Dios, nos pueden librar de un fracaso inminente.
Allí en el patio del sumo sacerdote, entremezclado con la gente, Pedro negó vil y cobardemente a su Maestro. Él, en varias ocasiones demostró que amaba a Jesús, pero en ese instante estaba en pésima condición espiritual para resistir las amenazas por parte de la guardia del templo. Después de haberle negado a Jesús, dice la Biblia: “lloró amargamente” (Mateo 26:75). Esta historia nos advierte que todo el conocimiento que tengamos de Jesús y todo el amor que sintamos por Él, no nos darán la victoria por default. Se requiere algo más: ¡Intimidad con Jesús!
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